Venturas y desventuras de un bilbaino camino de Madrid


alsa

Pues hallábame yo en un autobús de la compañía Alsa. Si uno se parara a observarlo un momento, probablemente llegaría a la conclusión de que el susodicho autobús era amarillo. Pero los entendidos en la materia también se habrían percatado del ligero resplandor platino que provenía de la característica tira plateada de uso decorativo que distingue a esta compañía. En cambio, si el observador hubiera sido de género masculino, probablemente se habría percatado del hecho, muy importante, de que la azafata estaba muy buena. Ahora, los que viajábamos en él, sabíamos, no solo que el autobús era amarillo, sino también que éste era uno de la clase supra, una gama de autobuses dotados con un confort extra y una ración de comida y bebida para el trayecto.

Bien. Una vez puestos en situación (recapitulando: autobús amarillo, resplandor platino, azafata buena, clase supra) y suponiendo que todo el mundo tiene los conocimientos geográficos necesarios para imaginarse el trayecto de Bilbao a Madrid del que sólo diré que dura unas 4 horas 15 minutos (30 minutos más en clase normal, que se suele hacer una parada en Lerma, que queda aproximadamente a medio camino).

Aunque, como ya he dicho, el susodicho autobús no hace parada alguna en Lerma, el nuestro sí que la hizo debido al ligero inconveniente de que un olor a quemado estuviera haciendo entrar en estado de pánico a algunos de los pasajeros, mientras que la humeante parte trasera provocaba los estornudos y esputos contenidos de los más afortunados.

A pesar de ello, el conductor no nos dejó bajar mientras procedía a investigar las casusas del delito. Finalmente llegó a la loable conclusión de que el efecto sardina ahumada se había producido debido a la quema involuntaria de uno de los motores que abrían las trampillas superiores. Así que, cual viajeros que éramos, proseguimos nuestro camino.

A relativamente poca distancia de Avenida América, pero aún en la M-30, el suceso se reprodujo y una viajera, quien probablemente seguía en estado de pánico debido al incidente anterior, fue alarmada por semejante nimiedad; como sabréis, los impulsos son incontrolables, así que, aun a riesgo de parecer estúpida, la traumatizada viajera se levanta y sale corriendo hacia el conductor gritando “¡Para ahora mismo el autobús! ¡Hay fuego!”. Que ya ves tú, semejante estupidez, yo uso el fuego siempre que quiero fumar y no salgo corriendo cuando lo veo. Probablemente sea una de esas ex-fumadoras que no soportan el humo, porque también dijo que el humo la molestaba y necesitaba bajar. Quien haya estado en ese evento conocido entre la juventud como “burbujón” sabrá de lo que hablo, salvo con la ligera diferencia de que el humo, en esta ocasión, era más negro que el humo de LOST.

La azafata cogió el extintor y, convirtiéndose en mi heroína, amén de una imagen que probablemente me perseguirá en mis sueños más húmedos, apagó el fuego que tanto perturbaba a la gente. Así que cual colegiales en plena excursión a la M-30, bajamos ordenadamente del autobús. Mientras, el conductor procedió a realizar una de sus arduas, y ya con renombre, investigaciones meticulosas, llegando a la conclusión de que el problema estaba, seguramente, en el sistema de la luz. Por lo que, y tras haber desahumado el autobús, procedimos a terminar nuestro trayecto en completa oscuridad.

Espero que mi vivencia os haya entretenido. Personalmente la guardo en mi disco duro mental de vivencias autobuseras de la que, si lo deseáis, os puedo hacer un breve, pero intenso resumen, de algunas de las más peculiares.

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