Pobres esperpentos. Reflejos de lo que pudo ser una persona. Entes externos al fluir normal de la vida que transcurre. Ajenos a la realidad. El honor los abandonó al estrechar la umbría mano del poder. El abuso y exceso se convirtieron en sus doctrinas. Y fueron los demás, apenas sombras para sus ojos, quienes sufrieron por sus actos.
Más quiero creer que, en lo hondo de su ser, las oscuras palpitaciones de sus marchitos corazones demuestran la verdad. Verdad que muchos intentan ocultar. Verdad que les corrompe las almas y retuerce sus frágiles sentimientos. Pues saben. Saben que han desperdiciado una oportunidad de ser parte de un todo, ser parte de la sociedad. Saben que han perdido la posibilidad de ser una persona más.

Este microrrelato es un reflejo de mis sentimientos hacia todas esas personas que ostentan el poder, todas las personas que manejan el mundo. Y es que, últimamente, han llegado a mis oídos demasiados abusos que, aunque en un principio tengan trascendencia, caen en saco roto.
No sé si es porque somos demasiado buenos, o demasiado tontos quizá. Pero parece que tengamos la habilidad de olvidar. Y es que, ¿quién recuerda hoy en el día a día los abusos de los banqueros? ¿quién lucha contra los controladores? ¿quién protesta por los acuerdos de gobiernos democráticos con dictaduras? Nadie. Nos quejamos, hablamos y criticamos cuando es noticia. Limpiamos nuestra conciencia. Y, cuando nos pregunten, diremos: “Yo también hice lo que pude”. Pero nos ganaron, nos ganaron por no insistir y por olvidar.
Pero este relato va especialmente dedicado a los que han subido el precio del yen. Aprovechándose de la miseria y la necesidad engordan sus bolsillos. Subiéndolos a precios desorbitados están maximizando las ganancias de una moneda que, si bien fue fuerte, tiene un futuro incierto.
¡Felicidades! ¡No sois personas!